La verdad es que me muero por sentir tus brazos acercándome a tu pecho para, una vez ahí, emborracharme de tu olor. Quiero ver tu cara cuando estamos frente a frente y sonríes sin poderlo evitar. Cuánta vida me daría escuchar tus suspiros en la oscuridad de la noche, tratando de ahogar palabras importantes que tienes prohibido decirme. Y aunque odio tu tono de voz, parece ser la sinfonía más bonita del mundo cuando me dices que te gusto, que me odias, que qué delicia.
Clávame tu mirada fija que ya no me pone ansiosa. Apriétame el muslo suavemente cuando estés nervioso, asfíxiame con tu abrazo y tómame de la mano en momentos innecesarios. Arráncame la boca, succióname hasta dejarme vacía. Llévatelo todo, aliméntate de mi juventud. Causa todos los estragos que quieras en mi cuerpo y mi mente porque se siente tan bien. Juega conmigo y paga por ello. Quiero que me tome años llenarme de amor y de valor para compartirme con alguien más otra vez.
Ojalá nunca te enteres de que lloro después de cada orgasmo cuando pienso en ti. Inevitablemente tu cara ha empezado a transformarse en mis fantasías: a veces más joven, a veces más guapo, pero se mantiene intacto tu tono de voz excitado rogándome que te bese acompañado de esa sonrisa inocente.
Ya he empezado a imaginarte con ella encima. La escucho gritar como perra y creo que eso te gusta. En medio de mi exilio, eso puede llegar a excitarme, pero cuando me corro lloro, lloro pensando en que tú ya tienes nuevas fantasías con las que venirte cuando estás duro entre tus sábanas un lunes festivo en la tarde. Me gustaría ser la imagen involuntaria que se te aparece mentalmente cuando tienes un orgasmo y que, en la calma del placer, te das cuenta de que me extrañas y que quizá, sólo quizá, fui más importante de lo que creías. Que también te pones triste cuando piensas en mí, que contemplas mis fotos y sonríes con nostalgia.
El peso de lo que nunca fue es aplastante, inmovilizador.
Comentarios
Publicar un comentario